Mercados

Réquiem por el comercio local. Emigramos a Barcelona en los sesenta. El Sur español invadía masivamente la ciudad industrial en busca de trabajo. El éxodo generó serios desequilibrios. La urbe mostró su cara cruel: un bosque de edificios enormes construidos en el lecho del río, sin asfalto ni iluminación. La suciedad, la contaminación y la […]

Mercados

Réquiem por el comercio local.
Emigramos a Barcelona en los sesenta. El Sur español invadía masivamente la ciudad industrial en busca de trabajo. El éxodo generó serios desequilibrios. La urbe mostró su cara cruel: un bosque de edificios enormes construidos en el lecho del río, sin asfalto ni iluminación. La suciedad, la contaminación y la delincuencia eran realidades cotidianas.
El mercado municipal supuso un soplo de aire fresco. Una generación de mujeres, habitantes de esa ciudad dormitorio, acudían a él a diario. Administradoras sin presupuesto, buscaban los productos de temporada. Inventaron la dieta mediterránea. Compartían recetas y se ofrecían ayuda, forjando una sociedad solidaria.
La historia se repite. Una nueva oleada de emigrantes habita el barrio, con otras costumbres. Pero el mercado ya no es el mismo. Decenas de persianas cerradas. Estamos cambiando el pequeño comercio en pro de las grandes superficies. Desaparecen los valores que nos hicieron como personas y como barrio.